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La Familia


La fiesta interminable

Por Marta Dillon

Un hombre exhibe la panza, blanca, reluciente, abultada, como si estuviera muy orgulloso de ella. Como si dentro de esa masa en la que es fácil imaginar los sonidos de la deglución él escondiera el secreto de su éxito, o al menos una esencia personalísima forjada con asado y vino tinto, facturas a la hora de la merienda y picaditas antes de que todo empiece. Ni un resto de pudor por esos pechos demasiado abultados en un hombre, apenas se nota la falta de una falange en la mano que enmarca la panza como diciendo, acá está, esto soy. Y me gusta. Es lógico que así sea, en definitiva el gesto fue robado una tarde o una noche de fiesta, fiesta familiar en Lanús, donde los chorizos son deseados como un primer beso que inaugurarán una saga de tentaciones a las que nadie en esta fiesta intenta poner freno. ¿Y por qué si están en familia? ¿Por qué habrían de avergonzarse si ser lo que son, lo que parecen en las fotos, les permite llorar de risa o bañarse en sidra, hacer trencitos y carnavales cariocas en un estreno que habilita una alegría que puede tocar el cielo durante el aquelarre privado y desaparecer al momento siguiente, cuando no quede más que un comedor vacío y un montón de vajilla sucia? Todos tienen algo que mostrar, parece, todos y todas parecen creer que hay algo que podrían desnudar y no son los cuerpos. Una verdad particular en la copa que se alza, en la remera de Boca sobre la piel, debajo de otro montón de ropa, que aparece como una revelación en sí misma, sin más epígrafes que el montón de estrellitas junto al corazón. Todo se mueve. Todos se mueven. La cámara, el foco, la mirada, los cuerpos, los pelos, los líquidos. El amor y el desenfreno en ese mundo privado de una familia cualquiera, una de Lanús, la de Verónica Mastrosimone, la fotógrafa, que se mira en el espejo de su origen y se permite ella también el ridículo, porque total, todo queda en familia.

Lo que queda expuesto no es sólo lo que se ve. Eso es apenas una apariencia. Filosa, molesta, imposible de mirar para algunos que escribieron con rabia en el cuaderno que guarda la memoria de la muestra su desagrado por las fotos colgadas. ¿Cómo se le ocurre a la autora exponer ese primer plano de una joven sin maquillaje, olvidada de su acné, de los buenos modales y hasta de la mirada que la enfoca? ¿No se da cuenta acaso de lo que cuesta uniformar las imperfecciones, conseguir una cara como la gente para salir a la calle? ¿Acaso no nos debemos unos a otros camuflar las huellas de los excesos para que no se note tanto lo que podríamos ser? No. Aunque a Verónica le duela la violencia de esos mensajes –tan violentos como el espanto que produce verse así sin máscaras, como cualquiera se ve de vez en cuando, cuando se hacen morisquetas en el baño o se busca el close up para apretarse un grano–, ella se quiso quedar con la belleza de ese abandono de la impostura porque de otra manera no puede reconocerse. “Son groseros”, dice, “cursis, grasas”, insiste. “Pero yo también soy así. Soy como ellos aunque me cueste mostrar la panza cuando estoy gorda.” Pero a ellos –ese ellos extenso que reúne hasta cuarenta personas en un comedor, tan juntos unos de otros que hasta resulta obsceno. Primos, tías, hermanos, madres, abuelos, una generación con la otra– les debe también ese recuerdo de “cosas buenas” que se desenvuelve en una vereda de Lanús, en el juego con los primos y primas, los mismos que ahora se reúnen y se emborrachan sabiendo que están en un lugar seguro. Lo que queda expuesto, entonces, es más que un montón de cuerpos, deformes para la estética de consumo. Es una identidad común que sabe de violencias y de carne, la que se mastica y la que se toca, la que se festeja como el único plato del que es posible disponer. Ahora.

Verónica es parte de la fiesta –no una, muchas fiestas en los cuatro años en que tomó fotografías– y por eso apenas mira. La sensación es que la cámara está inmersa en una ronda apasionada de risas, besos, bebida y banquete. Que lo que quedó en el papel es ese mismo abandono que en algún momento deja a los cuerpos exhaustos tendidos al sol o reparándose de él con una alpargata. Y porque la fotógrafa es parte de la fiesta es que pudo perder toda solemnidad con respecto a su lenguaje, recortando este trabajo de otros que hizo durante la misma época, retratos o autorretratos en blanco y negro, personas que se dejan ver en silencio. Mujeres piqueteras, campesinos y campesinas que muestran en sus manos los frutos de su trabajo. Pero esto, La Familia, es otra cosa. Una devolución, podría ser. Una manera de poner el espejo en el que ella se mira delante de todos esos que la ayudaron a ser quien es, a disfrutar como disfruta, a olvidarse de lo que se debe y lo que no al menos durante el instante en el que el clan se entrega a su ceremonia con cualquier excusa. Y como toda devolución, ésta también tuvo su riesgo. Si a los espectadores anónimos les cuesta mirarse en sus fotos, reconocer un mantel que puede haber en cualquier casa, un adorno, un gesto que podría ser propio –y ridículo y exagerado-; más le costó a su madre verse así, descontrolada, llorando de risa, sí, pero con tantos años encima que la vida para esa señora ya no fue la misma. “Ella dice que soy cruel, que parece que tiene 80 años. Yo no la veo así, yo la veo llorar de risa”, dice Verónica y aunque lo dudó hasta el final, la imagen quedó ahí. Porque no iba a impostar ella un límite que dentro de su familia no existe.

La fotógrafa habla de amor y solidaridad para describir el esqueleto sobre el que se monta esta familia. Relata su propia sorpresa en un pasillo de hospital, cuando su padre estaba internado y 18 personas a la vez a las que se nombre por el vínculo preguntaban sin orden cómo iba a estar “el gordo”. Y le gusta contar que para que esas copias llegaran a las paredes de la fotogalería del Teatro General San Martín uno de esos tíos donó un lechón que mereció unos cuantos números de rifa. Que la rifa quedó vacante y que el lechón fue un manjar compartido con los amigos –para la familia no hubiera alcanzado–. Ella es así, dice, no podría haber rifado otra cosa (¿un radiograbador?, ¿una obra de arte?). Un lechón, esa palabra que puede usarse como insulto desde alguna soberbia anoréxica, habla de una elección. O mejor, de una posibilidad que la fotógrafa no desaprovecha: contar con la fuente de su identidad e ir a beber a ella cada tanto. Para no desdibujarse aunque haya cambiado de barrio, aunque su intimidad sea menos pródiga que el lugar de origen, aunque su belleza y su arreglo –rojo, mucho rojo para quien descubre la pasión en fiestas familiares– desmientan esa confesión de ser “cursi, grosera”. Ella ve a los suyos hermosos y refulgentes con sus deformidades e imperfecciones, así como se sienten ellos juntos. Y es así de hermosa como se ve su sonrisa, rodeada de esas imágenes desenfrenadas de las que no necesita apropiarse porque son suyas. Porque esto es lo que ella es. Y de eso está orgullosa.